El tiburón ballena cruzaba el azul con la paciencia de una catedral viviente, moteado de pequeñas estrellas que parecían un mapa para perderse.
El astronauta, diminuto sobre su lomo, sospechó que tal vez no había dejado el espacio: solo había cambiado de cielo.
Cada movimiento del gigante era una lección de lentitud, como si el tiempo allí abajo decidiera respirar más hondo.
Navegaban sin urgencia, dos formas improbables de la misma pregunta sobre el infinito.
Y en ese balanceo antiguo, el hombre comprendió que hay criaturas que no se cabalgan: se escuchan.